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martes, 19 de mayo de 2009

Víctima

Después de la medianoche la figura de Cristal me nubla otros recuerdos y sólo me enfoco en ella. Enciendo la luz de mi habitación, el parpadeo de la lámpara me hipnotiza e imagino su carne blanca, casi transparente. Tengo meses sin tocarla. Desconozco cómo va la salud de su mamá o si el restaurante funcionó como esperaba o si se casó con su novio. Supliqué que no me hablaran de ella. Su historia estaba prohibida para mis oídos. Sin exagerar tuve miedo de saberla feliz. El odio apareció al comprobar que no soy la única mujer de sus sueños. Simplemente una confusión sexual. Un arrebato momentáneo. Un experimento. Cuando me lo confesó intenté estrangularla. Sus amigos impidieron que culminara en asfixia. El sólo hecho de saberla perdida me ahogó. Me denunciaron por acoso y no me puedo acercar a su espacio vital a no sé qué tantos metros a la redonda. Existe un incidente y la ley podría quitarme la libertad. Antes de pisar la cárcel prefiero suicidarme en su presencia o frente al gran público. Me llamo la mujer invisible porque la observo sin que ella se percate.
Cristal dio vuelta a la hoja. ¡Qué fácil es para ella! Anda como si nada. En cambio a mí desde que nos separamos todo me sale pésimo. Antes de que todo esto deviniera en locura Cristal me pidió que fuera al psicólogo. Prometió que me ayudaría a superar la crisis. Pero no resultó la terapia de entrevistas. Y ella se borró de mi destino. ¿Quién me puede asegurar que nadie sabrá lo que descubrí de mi interior? Luego consulté con el psiquiatra y me volví adicta a unas pastillas para el insomnio. Todo el día me la pasaba tirada en la cama y en la noche, mareada, salía a beber cervezas o vino o vodka. En estado etílico la espié un par de veces. La vi bailar y divertirse con otras y otros. La sorprendí recibiendo efusivamente a su novio. Casi le arranca la piel del cuello con un beso. Pero él la rechazó discretamente. La impotencia de no poder arrebatársela me provocó la ira. En esa temporada me relacioné con personas insoportables para Cristal. Pretendí llamar su atención, pero no hubo respuesta. Creo que la separé más y opté por medios radicales.
Disfruté de todas las desviaciones. Mujeres y hombres me sedujeron con sus magias sexuales. Me dediqué a vagar con proxenetas y libertinas. Conocí a gente que me calmaba las ganas. Me inyecté heroína para apagar la ansiedad de poseerla, las ganas de llorar por ella. Lograba una sensación de bienestar y supresión del dolor. En mis viajes opiáceos aluciné que Cristal me daba a beber de su sangre. Me secaba el sudor y las lágrimas. Pero al volver del viaje me sometía otra vez al infierno de la saturación mental, de la nausea, el vómito y la pesadez en las piernas. Comprobé que la exquisitez de Cristal no se compara con el universo.
Decaí. Estoy consciente que me acosté con hombres, mujeres y uno que otro animal; por despecho, por odio, por resentimiento hacia ella que me despreció por ser intensa. Ningún cuerpo me borró su tacto. Ahora es importante que la encuentre. Tenemos que hablar. La invitaré a mi velorio con anticipación. Cristal es la invitada más importante, la especial, la viuda que deben consolar por mi partida. Aunque quizá no pueda comprobarlo, permaneceré tranquila en el ataúd si aseguro en vida que estará ahí. No tendré que preocuparme, por convencerla. Cristal, estará obligada a organizar mi entierro o cremación.
No aguanto la vida. Bajé de peso. Sufro de manera constante de enfermedades gastrointestinales. Mi visión es confusa. Tengo comezón en los genitales. Todo me da vueltas. No me concentro. Dejé el trabajo, me regresé a casa de mi mamá y ya no tengo mejores amigos. Se fueron. Sospechaban que mi enfermedad no era mental sino algo más grave, por eso decidí buscar un doctor. Quise dejar de ser la apestada. Y me hallé con una doctora que me mandó a hacer unos análisis especializados para detectar el mal que se incuba en mi cuerpo.
Me observo con un espejo una gotita de sangre aplastada en lo blanco del ojo y cada día se expande. Tengo miedo de quedar ciega y que esta sangre me nuble la vista y no pueda ver a Cristal los últimos días.
Huele a tierra mojada. Llueve sin descanso. Caen los relámpagos. Cuento dos segundos y ruge el cielo. Si ella estuviera aquí dejaría esta zozobra. Hoy intenté hablar con ella y se enfadó. Cree que soy como antes. La misma loca y psicótica que la perseguía a cualquier lugar por mis celos. Me amenazó con hablarle a la policía. No me dejó decir casi nada, sólo alcancé a preguntar como está y se puso histérica. Tengo que advertirla, anunciarle mi muerte. Grabé un video dedicado a su imagen. Edité nuestros mejores días e ilustré con algunas fotos cuánto la amo. Lo tengo escondido en el primer cajón de mi escritorio para que alguien lo encuentre por casualidad y se lo entregue y haber si logro conmoverla. Esa muestra de aprecio poético es el último pensamiento que pueda dedicarle conscientemente hasta que mi salud decaiga en definitiva y prepare un suicidio para evitar más dolor. Lo aseguro por el resultado de los análisis. La doctora tardó unos minutos en abrir el sobre y darme la noticia.
La noté más nerviosa que de costumbre. Desde que voy a su consultorio compruebo que sus tics son incontrolables cuando busco su mirada o cuando me ausculta con insistencia detrás de la oreja antes de sentarse en el escritorio a dar su diagnóstico. (Me gustan los ojos de la doctora aqua, la llamo así por sus ojos entre verde y azul). Antes de informarme sobre el resultado preguntó con tono de madre dolorosa “¿Por qué traes parchado el ojo izquierdo? ¿Sientes alguna molestia? ¿Te duele?” Respondí: “Me arden las bolas de la visión”. La doctora lanzó una sonrisita “Deje de bromear y hable en serio”. Confesé que tenía más de dos días con el ojo izquierdo rojo. “Veamos” y despegó, la cinta, microporo, de mis cejas y unos cuantos pelitos intentaron desprenderse de mi piel, pero no pasó nada. Soy la misma cejuda.
La doctora aguantó la sorpresa de ver tan desagradable estampa. Un ojo aguado drenando lágrimas de sangre y lubricante amarillo. Saco lagrimal sonrosado y el color de los ojos flotando en un derrame. Mientras el aliento de la doctora se metía por mi nariz le advertí que si los análisis salían positivos prefería el suicidio aunque no alcanzara paraíso. Y mientras una lucecita amarilla recorría el campo de curación, dijo fríamente: “Sífilis no tiene. Pero el resultado de los otros análisis es positivo. Atribuyo que su constante candidiasis y este nuevo cuadro infeccioso es un reflejo de la enfermedad mortal que usted padece. Presenta anticuerpos frente al virus del SIDA. Es seropositivo. Es portadora del virus y puede transmitirlo”.
Tuve que aguantar el llanto mientras la lucecita me calaba. “Señorita, usted permanecerá infectada de por vida; por ello debe tomar precauciones que disminuyan los riesgos de evolución hacia SIDA y eviten que otras personas se expongan al virus.”, recalcó la doctora.
Me recomendó que informara a todas mis parejas sexuales. Por eso extrañé más a Cristal. Y si ella también está contagiada ¿cómo yo? ¡Permanecerá infectada de por vida! ¿Cuánto tiempo abarca la frase “de por vida”?...
Aunque suena ordinario quiero vivir el momento y olvidar todo lo que me duele. Quiero que Cristal satisfaga mis deseos. Ya me cansé de satisfacerla con mi dolor. No pretendo reclamarle nada. No lo hago para que se conduela de mí.
Mi primo me lo advirtió: “No vale la pena que se lo digas. No la prepares para tu deceso. ¿Quieres provocarle lástima? No lo conseguirás ni con eso ni con nada. La conoces. La vas a preocupar y como es hipocondriaca se va a sentir sidosa”.
Esa serie de prohibiciones no me van a calmar las ganas que traigo de olerla por última vez antes de que me convierta en comida para gusanos o en polvo. Si hubiéramos seguido no me hubiera pasado esto. Ella provocó mi locura. Por eso me duele dejarla en esta vida. Cargará con la pena de abandonarme. Pero más me dolerá saber que también está infectada y yo no quiero sufrir dos veces.
En cuanto tuvo oportunidad, la mujer invisible, documentó desde la esquina de la casa de Cristal todos sus movimientos. Planeaba saltar por el patio, pero recordó que estaba protegida con una estructura de acero. Por lo que tomó nota de quienes entraban y salían. Una semana le bastó para encontrar la manera de entrar sin problema. Cristal atendía una casa para estudiantes y la impuntualidad de una de las asistentes que salía de prisa, a veces sin cerrar la puerta con llave, porque siempre las perdía, era una opción viable para lograr su cometido.
Fue una mañana cuando casi todos se fueron al trabajo y a la escuela. Cristal vestía de negro, portaba una corona verde de trapo y unos zapatos altos. La casa aún no estaba sola. Una de las asistentes, la impuntual, le abrió la puerta. La mujer invisible persuadió a la muchacha. Argumentó que Cristal le había pedido que la esperara en su cuarto y que la dejara pasar. Por favor. (La palabra mágica). La muchacha la dejó entrar. Creyó en su palabra porque no tenía tiempo de averiguar ni preguntar a la dueña de la casa si conocían a la visitante. La mujer invisible entró al recinto de su amada. Buscó el lugar idóneo para culminar su plan. Conocía bien los entresijos de la casa y descubrió otros. Se dirigió al baño francamente enloquecida. La mujer invisible observó las fotos de Cristal con el deseo de siempre, pera esta vez más eufórica…desmejorada, sin duda. Desde que la mujer invisible pasó el umbral de la puerta del baño tuvo ganas de ahorcarse, pero prefirió cortarse las venas con un bisturí que días antes hurtó del consultorio de la doctora aqua. Sería una muerte lenta y sin dolor. Nadie alcanzaría a salvarla. Todos estaban en sus quehaceres. La mujer invisible quería lograrlo y no ser una más de las estadísticas de suicidas no formales o faltos de seriedad que van a dar al manicomio. Abrió la llave de la regadera. Se desvistió. Entró en la ducha a gatas, se raspó las rodillas. Su objetivo, lastimarse. Arrancó la gasa del ojo y desde ahí cayeron las primeras gotas del líquido escarlata. El agua caliente taladraba su piel. Tirada en el piso se talló la cara y la cabeza con la esponja. Alcanzó un grado de relajación suficiente para terminar y alcanzar felices sueños. La mano izquierda se encargó de cortar la yugular… Después de siete horas Cristal volvió a la casa. Abrió la puerta de la entrada y escuchó la regadera abierta. Si ninguna de sus inquilinas estaba ¿quién dejó la regadera así? Quizá creyó que era una fuga, una omisión o un fantasma. Pero encontró a la visitante seca por dentro, el ojo recobró la blancura. La pureza. No le ardía el veneno de Cristal. El agua caliente insistía en quemar su piel blancuzca flotando sobre un espejismo de sangre.
Cristal consideraba a la mujer invisible una amenaza, desquiciada, masoquista, pero incapaz de matarse. Estaba convencida de que la escena que acababa de apreciar era un montaje. Decidió que alguien más la encontraría haciendo su teatrito. Cerró la llave de la regadera, hasta le pisó un dedo meñique a la muerta y le pidió que se levantara y que dejara de hacer el show. Cristal encendió su reproductor mp3, listo para emitir sonidos caribeños y se puso a bailar salsa. Preparó el maquillaje frente al espejo y los cosméticos de importación le recubrieron las pocas imperfecciones. Se vistió con la falda negra brillante que resaltaba su figura y una blusa escotada que provocaba hasta al más distraído. Excepto a la muerta que no la pudo oler ni pudo ver como se vestía y se desvestía. Al terminar el ritual le gritó: “¡No soy el motor de tu vida! Estamos en la realidad”. Y otra vez salió a la calle. Consideraba que seguir al lado de la mujer invisible era un desperdicio de energía y se hartó de los problemas. A esas alturas ya tenía otra amante o ¿víctima? esperándola en la entrada.

Armario de los placeres

Receptáculo de recuerdos, concepciones y sospechas.

Ad líbitum