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martes, 10 de marzo de 2009

Anónima

Brenda Margarita Macías Sánchez
[¡Ay, ay asústame!, vampiresa de aparador.
Jaime López]
Tractores levantan el asfalto de una calle en remodelación. El ruido de las máquinas y el griterío de los hombres evitan que las charlas sean audibles. Dos personajes comparten miradas mientras observan el alboroto y a una mujer semidesnuda que camina por el lugar. Es calva de piel oscura y reseca. Tararea una rola de Jaime López, el roquero mexicano que no se considera un outsider, sino el alma de la fiesta. Cuenta la leyenda urbana que la vagabunda fue la cantante estelar del compositor en las postrimerías de los años setentas. Nadie sabe cómo llegó a esta ciudad. Pero la canción “Tres metros bajo tierra” del disco Desenchufado fue escrita para ella. La mendiga se sintió relegada cuando Jaime prefirió la voz de Cecilia Toussaint y de Maru Enríquez para que interpretaran sus canciones. Ahora la señora se caracteriza por su olor a orín y a sudor añejos. Quienes la han visto deambular la toleran, pero otros la discriminan. Duerme en la sala de espera de la Cruz Roja. Todas las mañanas visita un puesto de periódicos y revistas.
— ¿Y esa señora? —preguntó el transeúnte.
—Siempre anda por aquí. Me espera todos los días a que abra el local—respondió el vendedor.
Una ráfaga de polvo le molestó en los ojos al levantar la cortina metálica. Sabía tan poco de la mujer que quiso platicar sobre ella con el visitante. Pero él no se puso de modo.
El vendedor se sintió otra vez en el mismo lugar de todos los días. Esperando a los clientes que querían satisfacer su morbo viendo periódicos con las novedades policiacas o revistas faranduleras. El Libro Vaquero era para coleccionistas. Siempre venían los mismos a comprar. Es extraño, pero el porno se quedaba rezagado detrás del mostrador. Los consumidores prefieren el internet. Los lectores de ahora se interesaban por revistas que hablan del fin del mundo.
—Lo que es no tener nada que hacer. Esa señora pierde el tiempo en esta vida. Quiero el periódico de hoy —dijo el comprador.
—Tome el de su preferencia. Tengo locales y nacionales. No sé cuál quiera.
El vendedor se limitó a observarlo. No comentó. Estudió los movimientos del visitante que veía la cabeza de los diarios sin leerlos. Buscaba la tipografía llamativa. Un título que causara controversia y que valiera diez pesos de inversión. La frase “Lo que es no tener nada que hacer” retumbaba en su cabeza. Observó a la vagabunda. La vio tan despreocupada. Sin pena. No pagaba impuestos. No se le interesaba el qué dirán. No mantenía una casa. Se ocupaba en sobrevivir.
—¿Nunca le han robado? En ninguna parte estamos a salvo. No me siento seguro viendo a personas como éstas —dijo el comprador, refiriéndose a la vagabunda—: no nos dejan leer en paz las noticias del día.
La indigente no se inmutó. Siguió con sus movimientos aletargados. Se le acercó lo suficiente al hombre que no pudo ocultar su desprecio
—Oiga. Quítese. Ahuyenta a los clientes.
El vendedor de periódicos observó y cerró los puños. La ansiedad se estaba apoderando de la poca paciencia que tenía. El visitante incómodo huyó de la escena. Amenazó con llamar a la policía. Y no compró ni un solo pedazo de papel.
La calma volvió cuando la vagabunda y él dejaron que el señor se perdiera entre el gentío. La mujer tenía tiempo de huir antes de que llegaran los policías. Pero no lo hizo. Se sentó en una banca cercana a esperar y se comió un mendrugo. El vendedor no tenía nada qué comer. Reacomodó su material de venta y esperó también el ataque de la justicia.
De un tiempo para acá la ciudad ya no era tranquila. Los carros circulaban lento. Las calles del centro fueron diseñadas para el andar de las carretas del siglo XVIII. Hoy la gente caminaba con prisa. Todo está bajo presión. Desde febrero el mundo arde. Con todo eso el vendedor se sentía bien en su centro de trabajo. No ganaba mucho. El tiempo que pasaba en atender el changarro le sirvió para analizar la información de las publicaciones diarias. Aunque prefería caminar y escribir poesía. Por el momento no tenía opción.
Llegó a la ciudad para cumplir su sueño de ser poeta. El sueldo le alcanzaba para lo básico: pagar la renta, comprar cigarros, textos de la librería de viejo y tomarse una cheves antes de dormir. El dueño del local quería cambiarse a otra zona del centro. Sus ventas no iban nada bien. Pocas personas compraban en ese lugar. Preferían el quiosco de enfrente. Él no se quería ir. La vagabunda era su amiga sin que ella lo supiera. No se atrevía a decírselo. No quería hostigarla.
Otra vez el ruido de tractores. Barredoras levantan polvo. El barullo lo encerraba en una atmósfera enfermiza. Sin embargo no dejaba de imaginar su lugar ideal para escribir. Otro donde no hubiera asesinatos, filicidios, levantones, crisis, inversiones de capital devaluado, visitas presidenciales. Se había cansado de leer lo mismo todos los días. Gente que iba y venía. Pero sin comprarle un pasquín. Mucho humo. Silbatos de policías. Él prefería leer en otro ambiente. Pero ya se había acostumbrado. Todos los días mantenía una conversación con su otro yo porque el ruido no permitía la conversación con los demás.
Recordó que tenía mucho que leer. Era su último semestre en la Escuela de Letras. Cada semestre escuchaba las cátedras de los mismos maestros anacrónicos. La existencia de ese ambiente estudiantil le convenía. A sus compañeros y maestros los convirtió en personajes de sus cuentos, ensayos y poemas…
El que seguía renovando su genealogía era el profesor Príapo. A él le dedicaría un compendio de poema para que conquistara a mujeres. Eso haría el último día de clases. Darle a cada quien el texto que merece…
Sus deseos de ser poeta no se concretaban. Todo era un plan a futuro. Los clanes literarios estaban cerrados. Todavía no lo leían, pero ya lo marginaban (como a la vagabunda). Pensó que él debía seguir la rutina y despreocuparse. La indigente no le contaba sus tormentos. Tenía la clave para ser feliz. ¿Qué pasaría por su cabeza? ¿Qué cosa le habrán hecho para andar descalza? A ella tampoco la dejaron cantar.
Dejó de abstraerse cuando se percató de que los policías no aparecieron. La mujer semidesnuda terminó de comer. Se levantó de la banca y se acercó al joven estudiante. La mujer de rastras lo miró compasivamente y le dijo:
— ¿Quieres pan? Me sobró un poco. Me voy a llevar esta cartelera. Al cabo que es gratis.
Sin esperar a que contestara le dejó el pedazo de pan sobre las revistas y se fue. El hombre agradeció el gesto.

Armario de los placeres

Receptáculo de recuerdos, concepciones y sospechas.

Ad líbitum