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miércoles, 17 de octubre de 2007

Carta a Marco. Su Frida me congela.

Marco, su Frida me congela

Tengo un vergonzoso resentimiento hacia la obra de Frida Kahlo. Esa tarde de miércoles 12 de junio mantuve con llanto detenido una larga depresión, porque conocí a los malos vecinos de mi mundo ideal: los adinerados que se dejan seducir por la fridomanía.

Los pabellones de aquel vanguardista museo simulaban al rebaño desconcertado, atento, víctima de la tempestad de los lenguajes de Babel. ¡Qué maravilla ver a tanta personalidad sensible, reunida para observar detalladamente las pieza que forman la mente de la artista que fue capaz de plasmar las imágenes de su cabeza en un lienzo o en una madera con la única ayuda de un multiforme espejo.

¡Escúchame, Frida! Tengo dudas sobre ti. Dime ¿ahí te presentas como la máxima exponente de la mexicaneidad o como una simple poetisa irredenta o eres la comunista, la indolente de algunos piquetitos y quien mantiene la columna rota? Te sentí lejana, Frida. No eras la que había creado en mis sueños húmedos, eras una exhibicionista de la pena, la vergüenza de la mal querida. Tu belleza es pasmosa, tus óleos son de miel con pimienta. Seguramente estuvieron colgando en alguna casa de coleccionista de huesos rotos. Nadie me previno de la depresión que abrasaría mis entrañas. Las horas pasan y no puedo olvidar el murmullo de los visitantes al Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey quienes con sus mejores harapos se postraron frente a la belleza de tu dolor. Atisbé por la cerradura tu letra digna de un estudio paleográfico… (¿Continuará?)

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